Travesía Pirineos 2009: vuelta al macizo del Vignemale
Protagonistas:
Este año uno de los cuatro se nos cayó de la lista, Kike acababa de ser padre y no pudo acudir a su cita con el Pirineo. Por lo tanto estaríamos los otros tres habituales miembros de las expediciones:
· Juanan alias Coleman
· Eduardo alias Waldo y
· José Luis (el que escribe) alias Lawens.
Llegada (24 de Agosto de 2009)
El equipo Coleman Adventures 2009, compuesto esta vez por Coleman, Waldo y Lawens, llegó a la zona de acampada de San Nicolás de Bujaruelo al final de la tarde. Lo primero que hicimos, después de presentarnos ante la autoridad competente del Cámping, fue buscar un buen lugar donde montar nuestras tiendas. Veníamos cansados por el viaje y el calor y necesitábamos un sitio cómodo y mullido donde fuera fácil clavar las picas. Es importante dormir bien la primera noche para iniciar la travesía con ánimo optimista y en plenitud de facultades.
Durante el montaje de las tiendas tuvimos que soportar la incomodidad de una lluvia pasajera que ya venía barruntándose desde hacía rato por el aspecto que iban tomando las nubes. Por lo que respecta a las instalaciones, puede decirse que en general son bastante aceptables. Se trata más de un camping que de una zona de acampada, puesto que dispone de albergue, bar, restaurante y servicios limpios.
Después de haber preparado las tiendas de la manera más cómoda posible, decidimos reservar una cena en el mismo albergue, por cierto cocinada por un sherpa nepalí, que conocieron los que explotan el Cámping en una de sus expediciones al Himalaya y que viene todos los veranos a trabajar de cocinero en el refugio. El menú, muy rico y abundante, lo degustamos en compañía de una simpática chica holandesa y de su madre. Vivía en Huesca, era médico y hablaba un castellano muy bueno (no así la madre, que sólo sonreía y movía la cabeza para afirmar o negar), de manera que pudimos tener con ella una animada conversación. Tambíen estaba en nuestra mesa un hombre muy majete que venía de Barcelona. Después de cenar, un chupito, unos cigarritos y al saco, que esperaba nuestra primera jornada de marcha. La noche parecía ir bien hasta qué a las dos horas de meternos en las tiendas comenzó una tremenda tormenta con fuertes chaparrones y aparato eléctrico que duraría una hora aproximadamente. Los rayos iluminaban el interior de las tiendas como si el reportero del Heraldo de Aragón nos estuviera haciendo fotos con flash, y los truenos sonaban como auténticos cañonazos. Lógico, teníamos la tormenta justo encima.
Primera etapa (25 de Agosto de 2009)
Datos técnicos:
Ruta: S. Nicolás de Bujaruelo – Ibón y Puerto de Bernatuara – Valle de la Canau – Cabaña de Lourdes. Desnivel de subida 1.035 m., de bajada 445 m. . Tiempo total: 5h:35’ (Datos técnicos recogidos por un reloj Suunto Vector).
Descripción
A la mañana del día siguiente nos pusimos en pie a eso de las 7:00 am. Tardamos un poco más de lo previsto en deshacer las tiendas, todavía mojadas por la tormenta de la noche, y en prepararnos para la caminata. Era de prever, teniendo en cuenta que la primera etapa siempre es la que más cuesta arrancar. Tras limpiar y secar las tiendas, las dejamos junto con todos los trastos que nos sobraban en el maletero del único coche en que vinimos y revisamos las cosas que nos hacían falta para llenar nuestras respectivas mochilas. Desayunamos tranquilamente y nos echamos los macutos al hombro para comenzar la ruta. Caía una fina lluvia pero eso no impidió, como es tradición en nuestras travesías, dejar constancia del momento de la partida con una pequeña sesión fotográfica.
Al salir de la zona de acampada a eso de las 10:00 en nuestra dirección, nos topamos inmediatamente con el llamado "Puente de Bujaruelo" (1.338 m), que atraviesa el río Ara. A partir de aquí se inicia una subida progresiva entre pinos negros y abetos que obliga a hacer algunas "zetas" hasta encontrar la salida del bosque. Se abre entonces una espaciosa pendiente cubierta de prados y rocas donde dejamos a la derecha el refugio Plana Sandaruelo y una magnífica vista del Barranco de Lapazosa que sube hasta el Puerto de Bujaruelo o de Gavarnie y de la Escusaneta y los Gabietos mirando en dirección este-sureste. Mientras tanto seguimos ganando altura en dirección norte por el barranco de Sandaruelo que nos llevará al Ibón y Puerto de Bernatuara ya en el límite con Francia.
Superado un pequeño resalte se divisaba la impresionante panorámica del ibón de Bernatuara (2.305 m.), que más bien parece un volcán extinguido ya que está sito en una hondonada, y sin aparente desagüe natural. En dirección Norte, la senda transcurre por su orilla izquierda, llegando casi a tocar el agua durante un tramo. Aquí precisamente el trayecto invita a hacer una parada para contemplar el paisaje en toda su grandeza, descansar, remojar nuestros sufridos pies y tomar algo para recuperar fuerzas. Y así hicimos. Debo aclarar que durante toda la subida nos acompañó la lluvia que si bien no fue intensa sí que endurecía el trayecto por momentos.
Pasada una hora, retomamos la senda ascendiendo en zig-zag hacia el Puerto de Bernatuara 2.338 m). Alcanzarlo suponía llegar a la línea imaginaria que separa España de Francia. Ante nosotros, hacia el norte se abría la panorámica del valle de la Canau, con su suave paisaje de pastos, arroyos y vacas, muchas vacas, y muchas marmotas. Por ahí, en algún sitio escondido de esta postal, debía estar la cabaña de Lourdes (1.947 m.), refugio de pastores que tenía que servirnos para pasar la noche. Tras un rato achinando los ojos logramos por fin divisar un minúsculo punto blanco, como una construcción en mitad de las rocas y la hierba. Hacia allá nos dirigimos apartando vacas a cada paso. Después de una hora y media desde el Puerto de Bernatuara, a eso de las 15:30 llegamos a la cabaña de Lourdes.
Para nuestra sorpresa, la choza no estaba del todo mal acondicionada. Tenía dos habitaciones, estaba relativamente limpia y tenía un par de literas de hierro con somieres, pero sin colchones (solo había un par de ellos, ennegrecidos y cochambrosos), lo cual agradecimos de verdad, pues de haberlos, a buen seguro serían pasto de piojos y pulgas tan gordos como las vacas esas, ¡leñe!
Así pues, cada cual escogió la cama que consideró mejor para dar tregua a sus huesos. Estiramos los sacos para acomodarnos y sestear un rato. Teníamos buena parte de la tarde por delante, puesto que el recorrido de la etapa no fue demasiado largo. Sin embargo, había un detalle en el que todavía no habíamos reparado a pesar de su importancia: quedaba poca agua y debíamos encontrar más para beber y cocinar. Es cierto que en medio de un valle lleno de arroyos no tenía que resultar difícil encontrarla, pero he aquí el problema: estabamos rodeados de vacas que bebían de todos ellos. En conclusión, organizamos una pequeña expedición para remontar los riachuelos donde menor presencia de ganado había y más probable era dar con agua potable. Por fin llenamos las cantimploras y al poco de resegrar una tormenta que había tenido a bien esperarnos descargó con toda su furia.
Poco después de volver a la cabaña, mientras alguno se fumaba un "piti" de liar, divisamos a lo lejos una figura humana aproximarse hacia nosotros. ¡Bonjour! le espeté al viandante, pero no obtuve respuesta. Eso me contrarió: "joer con los gabachos, con lo educados que parecen ser", pensé. Resultó que era un tipo de Bilbao muy peculiar. Traía unas pintas poco montañeras. Más parecía un peregrino que un esforzado senderista de esos que les hace ilusión lucir su carné de la federación. De aspecto enjuto, como de monje zen o faquir. Al principio muy parco en palabras, pero luego fue soltándose y mostrándose más abierto. No tardamos en entablar una cordial conversación y tras las presentaciones y preguntas habituales sobre quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, se retiró a sus aposentos, en un habitáculo independiente al nuestro, y se puso a hacer posturas de yoga y meditación. Curioso para un montañero, ¿no? Bueno, a lo mejor es que todavía no he visto mucho mundo.
Y con esas, llegó la noche y la hora de cenar. Traíamos un fogón portátil para cocinar esos fideos chinos y los sobres de sopa instantánea que solemos llevar para el caso. También nuestro vecino portaba infiernillo y nos juntamos para hacer cháchara mientras hacíamos de marujos cocinillas de altura. El hombre se hizo un guiso de arroz de lo más curioso, con un poco de esto y un poco de aquello. Todo natural, es decir, el ajo era ajo, la cebolla, cebolla, el pimiento, pimiento… y así sucesivamente. Por supuesto, nos quedamos con caras de bobos de lo bien que se apañó para hacerse un comistrajo de lo más aparente, tú. ¡Vaya!, otra lección aprendida en la montaña.
Una vez lleno el buche y después de unos cigarritos de liar, un momento de relax de sobremesa sobre el suelo con una animada y amistosa conversación. Por mi parte, entre el murmullo de voces y alguna que otra risotada me fui quedando frito hasta la mañana siguiente.
Segunda etapa (26 de Agosto de 2009)
Datos técnicos:
Ruta: Cabaña de Lourdes – Barrage de Ossue – Gruta Bellevue – Refugio Bayssellance – Hourquette d’Ossoue – Petit Vignemale – Refugio de Bayssellance. Desnivel de subida 1.320 m., de bajada 570 m. . Tiempo total: 8h:10’ (Datos técnicos recogidos por un reloj Suunto Vector).
Descripción
Poco después del amanecer comenzamos a desperezar y muy lentamente cada cuál fue levantándose con parsimonia, casi a cámara lenta, como si estuviéramos en la Luna. Al cabo de un rato despejamos la zona de trastos para rehacer los macutos. Al salir afuera a tomar un poco de aire fresco nos dimos cuenta que el vecino ya se había dado el piro. Dijo que era de Bilbao pero a juzgar por su austeridad y rigor debía ser más bien espartano. Seguro que se fue a reunir en algún lado con el resto de sus 299 colegas.
Comprobamos que se había abierto un día soleado, sin riesgo aparente de cambios meteorológicos imprevistos. Desayunamos un cafecillo de sobre con galletas y cosas así como primer combustible para emprender la marcha hacia el Norte y alcanzar el refugio de Bayssellance, a los pies del mismísimo Vignemale y su atractivo glaciar, el más grande y espectacular de los que quedan en el Pirineo francés. A eso de las 8:30’ comenzamos a andar, el camino desde la choza invitaba a descender hacia el Barrage d’Ossue (La presa que retiene el agua del barranco de Oulettes). Cruzamos la presa y a partir de ahí había que tomar un sendero perfectamente trazado y señalizado tomando orientación al Noroeste. En este punto nos entretuvimos haciendo algunas fotos y viendo como unos carneros se enfrentaban entre sí dándose sonoros cabezazos.
La ruta continuaba una ascensión suave y progresiva durante una larga caminata hasta dejar entrever al final el comienzo de unas duras zetas que se entrelazaban entre las rocas, la tierra suelta y los arroyos de deshielo que cruzaban el sendero de vez en cuando. Aquí empezaba de verdad el terreno abrupto de alta montaña. Por cierto, tuvimos que atravesar con sumo cuidado un helero por cuya base el agua derretida había excavado un túnel. Al acabar las zetas se veía ya en lo alto de una loma el refugio de Baysellance. Diesel Juanan siguió al trantrán por el camino, mientras Waldo y Lawens trataban de acortar campo a través para llegar cuanto antes con la segura certeza de encontrar una buena birra y un piti de liar. Así lo hicimos, sentándonos a la solana mientras veíamos llegar a Juanan sudando la gota gorda.
Como la llegada a Bayssellance tuvo lugar a una hora relativamente temprana, hacia el mediodía, decidimos instalarnos, comer algo ligero y tras descansar un poco iniciar al comienzo de la tarde la ascensión al Petit Vignemale, cima de 3.032 metros de fácil subida y espectacular panorámica.
Desde lo alto se veía desde su cara Sur toda la enorme extensión blanca del majestuoso glaciar del Vignemale, que habríamos de pisar al día siguiente. Si te fijabas bien podías ver pequeños puntitos de gente caminando por su superficie. Siguiendo la misma cuerda de este monte se veía también la sucesión de picos de todo este macizo: Chausenque, Piton Carré, Pique Longue, Clot de la Hount, Cerbillona, Central y Montferrat. Al alcanzar la cima comenzó el tiempo a cambiar y a encapotarse, llenándose el pico de nubes. Había que empezar a descender para llegar de nuevo al refugio y pensar en cenar y descansar. La mañana siguiente iba a ser muy exigente, puesto que se trataba de la etapa reina de la travesía: glaciar y cima del Pique Longe de Vignemale (3.298 metros). A media tarde ya estábamos abajo y dispuestos a reponer fuerzas y comentar lo sucedido hasta entonces. No recuerdo muy bien cual fue el menú pero es cierto que en los refugios franceses en general se suele comer de manera bastante aceptable.
Tercera etapa (27 de Agosto de 2009)
Datos técnicos:
Ruta: Refugio Bayssellance – Glaciar d’Ossue - Pique Longe – Refugio de Baysellance - Hourquette d’Ossoue – Refugio de Oulettes de Gaube. Desnivel de subida 930 m. aprox., de bajada 1450 m. Aprox. Tiempo total: 8h (Aproximadamente).
Descripción
Al día siguiente tuvimos buen tiempo para acometer nuestra particular conquista del Vignemale. La ruta de la ascensión nos obligó a volver sobre un pequeño tramo del sendero que tomamos para llegar al refugio. Inmediatamente giraba a la derecha, siguiendo un estrecho camino por la pared de una faja que habría de llevarnos a un nuevo cambio de sentido hacia la izquierda a través de un paso un tanto comprometido (en opinión de Lawens) que obligaba a pasar un helero. Una vez superado éste, la ruta transcurría de manera laberíntica por un paraje de grandes rocas erosionadas por el glaciarismo y arroyos de deshielo. En ocasiones teníamos que tirar de manos para progresar o saltar de una roca a otra como torpes sarrios fuera de lugar. Por fín llegamos a la base del glaciar, donde nos calzamos los crampones. Sin embargo, como siempre surge algún impevisto, a Juanan no le encajaba bien uno del par que llevaba. Lawens le quiso dejar los suyos y largarse de regreso al refugio. Por supuesto, Juanan no aceptó y finalmente se nos ocurrió que era posible intercambiar los crampones de cada par que se ajustaran mejor a las botas de ambos. Entre pitos y flautas y tras romper una buena navaja de Waldo al intentar aflojar los tornillos de los crampones pasó una hora hasta que cerca de las 11 h. pudimos reemprender la marcha.
Empezamos la subida, al comienzo por hielo gris, muy duro y con mucha pendiente. Si vas con mucho ojo los puedes advertir con tiempo y evitarlos. Además, hay que procurar seguir siempre las huellas que van dejando los que suben por delante, que forman la senda más fiable. Lawens, viendo el camino franco y siguiendo la estela de una pareja que acababa de rebasarnos, tiró fuerte hacia arriba dejando a Juanan y Waldo a su ritmo. Tal vez por cabezonería o por impaciencia. No se volverían a encontrar hasta la cima del Vignemale.
La ascensión por el glaciar es espectacular. Pasado el primer tramo la pendiente se hace más suave y se anda bastante bien. El Glaciar lo cruzamos en diagonaly llegados al "Plateau" aparecen las grietas y el hielo gris, que hace a estas alturas de la temporada (finales de agosto) absolutamente imprescindible la subida con crampones y recomendable el piolet. Para subir al Pique Longe hay que alcanzar el borde derecho del circo del glaciar, un poco antes de llegar a las cuevas artificiales excavadas en la roca como refugio. Aquí hay que quitarse los crampones y se recomienda dejar la mochila para hacer más cómoda la subida. También es muy aconsejable llevar casco de montaña, puesto que el empinado ascenso a la cumbre transcurre entre salientes de rocas en las que hay que buscar apoyos en muchas ocasiones y es muy fácil que pueda haber desprendimientos. De hecho, Lawens, que iba a cierta distancia por detrás de dos montañeros, tuvo que esquivar como pudo una roca de calibre respetable que iba directa hacia él a causa de un falso paso dado por uno de los componentes de la pareja que le precedía. De todos modos, la subida hasta a la cima no reviste demasiada dificultad si se va con un mínimo de cuidado y mirando bien por donde progresar. La recompensa de todo este esfuerzo es inolvidable.
Conquistar el vértice geodésico que corona el Pique Longe te da una satisfacción especial. Se siente algo diferente a otras montañas. Es una montaña singular para los montañeros que frecuentan los Pirineos y proporciona uno de los panoramas más impresionantes que puedan admirarse en estas montañas. Tuvimos la fortuna de que el día nos regalase las condiciones climatológicas óptimas para disfrutar de toda esa belleza y hacer las fotos que soñábamos. Al encontrarnos los tres en la cumbre nos fundimos en un emotivo abrazo y nos quedamos unos momentos extasiados con el paisaje y llenos de alegría por haber logrado nuestro objetivo principal: la cumbre del Pique Longue del Vignemale (3.298 m.).
Iniciamos la bajada con precaución y sin ninguna incidencia. Recogimos el macuto y los crampones para volver a calzárnoslos y descender tranquilamente por la pendiente del glaciar y alcanzar la zona de grietas y después la zona rocosa que precede a la senda que conduce de nuevo al refugio de Baysselance, al que llegamos pasado el mediodía. Después de reponer fuerzas comiendo y bebiendo algo y descansando lo necesario, decidimos partir en dirección al refugio de Oulettes de Gaube (2.154 m.) siguiendo la senda del GR-10 HRP. Esto ocurrió a media tarde.
A través de un sendero perfectamente trazado y señalizado caminamos el resto de la tarde sin mayores complicaciones que aguantar fatigosamente el calor de un sol de justicia. Al final de la tarde llegamos al refugio, un poco cansados por toda la paliza acumulada en el transcurso del día.
Mientras Coleman fue a recepción a dar cuenta de nuestra llegada, Waldo y Lawens no pudieron resistir la tentación de acercarse al Río que bordea el refugio, que procede del deshielo del Glaciar de Oulettes en la cara Norte del macizo, para darse un pequeño chapuzón en sus heladas aguas y quitarse el sudor y la mugre de los dos últimos días de caminata. Entre otras cosas, porque el refugio de Baysellance no disponía de duchas para evitar la degradación del entorno ambiental.
El refugio de Les Oulettes de Gaube está muy bien, tiene unas instalaciones muy bien cuidadas, es amplio y confortable. Los dormitorios están orientados hacia la cara más espectacular del macizo Vignemale y a la zona lacustre que se extiende a sus pies, con vistas al Glaciar des Oulettes y al glaciar del Petit Vignemale y del impresionante Couloir de Gaube además, no son nada agobiantes porque son amplias y tienen de muchas ventanas para ventilar bien la habitación y contemplar el panorama tirado en la litera. Otro de los puntos fuertes de este refugio es su cocina, con platos sencillos pero muy ricos. El guarda es muy amable y simpático, y procura tratar a toda la gente con la misma atención. Después de la cena salimos a disfrutar de una hermosa noche estrellada hablando de las incidencias del día y Waldo no desaprovechó la ocasión de deleitarnos con un recital de guitarra que improvisó con los ayudantes del guarda del refugio. Poco después de las 9 nos fuimos a dormir.
Por cierto la vista del macizo por su cara norte, desde el refugio de Oulettes de Gaube, es impresionante y por las fotografías que vimos todavía más en invierno con nieve.
Cuarta etapa (28 de Agosto de 2009)
Datos técnicos:
Ruta: Refugio de Oulettes de Gaube – Puerto de los Mulos – Valle del Ara – San Nicolás de Bujaruelo. Desnivel de subida 520 m., de bajada 1.295 m. . Tiempo total: 6h:30’ (Datos técnicos recogidos por un reloj Suunto Vector).
Descripción
Con esta etapa, la más larga (en distancia) con diferencia, debíamos dar por finalizada la vuelta al macizo del Vignemale y cerrar el círculo que iniciamos en S. Nicolás de Bujaruelo. Técnicamente, la única dificultad consistía en ir tirando millas a un ritmo constante para que no se nos echara el tiempo encima, puesto que ese mismo día habíamos de regresar a nuestros lugares de partida. Se trataba de continuar el sendero, superando primero el Puerto de los Mulos (2.591 m.) que conduce al Circo del Ara, comienzo del valle del mismo nombre, donde es muy fácil encontrar grupos de sarrios a poca distancia. El resto de la etapa consistiría en continuar por este valle en paralelo al río atravesando praderas y zonas de pasto hasta alcanzar la zona boscosa que cubre el último tramo de la ruta hasta la zona de acampada en S. Nicolás de Bujaruelo a 1.338 m. de altitud.
La salida del refugio, a primera hora de la mañana, fue preciosa, con todo el lago entre brumas. La niebla nos acompañaría hasta la mitad de la ascensión al collado. A partir de aquí, buen tiempo y un sol radiante hasta el final del trayecto. Hicimos una parada y al mirar hacia atrás nos quedamos embobados con la perspectiva del mar de nubes que tapaba el fondo del valle de donde veníamos y el contraste que hacía con la cara Norte del macizo, que comenzaban a recibir los primeros rayos de sol, cambiando de color a cada momento. La montaña en estado puro. Sólo eso ya compensaba la paliza de caminata que nos esperaba.
Por lo demás, la llegada a Bujaruelo ocurrió según lo previsto, de manera que sobre las tres de la tarde ya estábamos tomando una buena jarra de cerveza en el albergue de partida y picando algo para comer. Nos dio tiempo antes a darnos un baño reparador en la pequeña playa de cantos que forma el río Ara bajo el Puente de Bujaruelo.
Esto fue todo, a la espera de una nueva aventura el próximo año.
Saludos a todos los que han querido leer esta breve descripción. Espero que os haya resultado entretenida.


